un recorrido por el arte mudéjar aragonés
webmaster: José Antonio Tolosa (Zaragoza -España-)

EL MUDÉJAR A PLUMILLA de MIGUEL BRUNET CASTELLS

Torres de planta cuadrada -Teruel-


Dentro de la clasificación de las torres mudéjares aragonesas atendiendo a su planta, las de forma cuadrada aglutinan a la mayoría de ellas. Siendo la más común, es comprensible que abarque toda la cronología mudéjar de esta tierra, desde el siglo XIII al XVI, y al igual que con las vistas en la página anterior de planta octogonal, exista controversia sobre una parte de ellas en cuanto a la posibilidad de que se trata de alminares reaprovechados como campanarios cristianos. También es natural que dentro de este grupo encontremos los tres tipos de distribución interior que se dan en el mudéjar aragonés: la estructura cristiana de plantas superpuesta, la almohade de alminar con doble torre y caja de escalera entre ambas, y la más tardía que presenta hueco su espacio interior con escaleras adosadas a los muros.

Dada la cantidad de torres de esta tipología, he optado por presentar los dibujos de Miguel por su localización, y nada mejor para ocupar el primer lugar que las torres de la ciudad de Teruel, tanto por su indudable interés como por el papel que han tenido en la difusión del mudéjar aragonés a nivel nacional como internacional. Junto a la techumbre de la Catedral y la iglesia de San Pedro, las torres de estos dos templos, junto con las de San Martin y El Salvador, fueron declaradas por la UNESCO en 1986 Patrimonio Mundial bajo el epígrafe “Arquitectura Mudéjar de Teruel”. Más tarde, en 2001, se sustituiría esta denominación por la de “Arquitectura Mudéjar de Aragón”, ampliándose la lista con seis monumentos más situados en la provincia de Zaragoza.

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Torres de la Iglesia de SAN PEDRO y de la CATEDRAL DE NTRA. SRA. DE MEDIAVILLA

Entrando ya en el tema concreto de las torres turolenses, las cuatro citadas anteriormente comparten la peculiaridad de abrir en su parte inferior un paso abovedado permitiendo el tránsito por ellas. Atendiendo a su distribución interior, las de San Pedro y la Catedral tienen estructura cristiana de plantas superpuestas como corresponde a su mayor antigüedad. De alminar almohade con doble torre, hueca la interior con estancias superpuestas, son las de San Martín y El Salvador. A estas cuatro torres hay que añadir la gran desconocida, y muchas veces olvidada, torre de la Iglesia de la Merced, que dado lo tardío de su construcción, siglo XVI, se presenta hueca en todo su interior con tramos de escalera adosados a los muros.

Las torres de la Catedral y de San Martín son las únicas que tienen documentada su construcción. La primera fue iniciada entre 1257 y 1258, y la segunda en el siglo siguiente, entre 1315 y 1316. Por analogía en cuanto a estructura y decoración, la torre de El Salvador podemos situarla en fechas próximas a la de San Martín, mientras que el arcaísmo que presenta la de San Pedro, de planta rectangular, nos llevaría a fechas anteriores a la de la Catedral. En mayor o menor medida todas comparten al exterior decoración que combina el ladrillo resaltado con la cerámica y vanos con amplio derrame y arquivoltas sobre columnillas cerámicas, y geminados y de cuatro arcos en la parte superior (estos últimos no se dan en la de San Pedro). Los motivos decorativos incluyen frisos de columnillas cerámicas intercaladas con esquinillas, paños de lazos de cuatro octogonal y de arcos mixtilíneos, que se completan con diversos tipos de azulejos rellenando sus huecos o salpicando las superficies lisas de la torre.

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Torres de SAN MARTÍN y EL SALVADOR

La torre de la iglesia de la Merced consta de tres cuerpos, del siglo XVI los dos inferiores, y de época barroca el superior. Tanto la decoración de la parte alta del primer cuerpo, como la del segundo, con sus esquinas ochavadas, presenta unos curiosos motivos que bien merecen el paseo hasta este arrabal extramuros.

Torre de la Iglesia de LA MERCED

No quiero terminar este artículo sin incluir la leyenda sobre la construcción de las torres de San Martín y El Salvador  que tradicionalmente se conoce como “Dos torres por Zoraida”. Viene a decir que “Omar y Abdalá, alarifes mudéjares, fueron elegidos a principios del siglo XIV para construir, respectivamente, las torres de San Martín y del Salvador. Un día, cuando caminaban juntos por Teruel, puesto que eran amigos, divisaron en una ventana a una hermosísima joven, de la que ambos quedaron prendados. La amistad se convirtió en odio debido a la rivalidad por Zoraida (así se llamaba la muchacha), y tanto Omar como Abdalá fueron, por separado, a hablar con Mohamed, padre de la destinataria de su amor. Ante el dilema y la indecisión de la joven, el progenitor decidió que otorgaría la mano de su hija a aquel que acabara antes su torre, siempre que reflejara a la perfección la belleza del proyecto. Omar comenzó las obras de la torre de San Martín y Abdalá las del Salvador, tapando ambos sus trabajos con andamiajes que ocultaran su evolución. Se establecieron relevos, incluso a las horas de comer, y organizaron turnos de noche, burlando la vigilancia policial. El amor por Zoraida empujaba a los dos a realizar todo lo posible para acabar antes que su respectivo contrincante. Un día, Omar anunció el término de sus obras. La población turolense se concentró a los pies de los andamios que cubrían la nueva torre de San Martín. El alarife ganador, con aire triunfal, ordenó que se destapara su trabajo. Poco a poco, las gentes iban contemplando embelesadas los bellos azulejos y ajedreces que decoraban la construcción. Sin embargo, cuando la torre estuvo descubierta por completo, Omar lanzó un grito de angustia: en lugar de erguirse recto, el edificio estaba ligeramente inclinado. El orgullo del que se veía ya junto a Zoraida se tornó en desesperación, y frente a toda la ciudad, el alarife ascendió a la torre y se lanzó al vacío, prefiriendo la muerte a una vida sin amor y sin honor. Pocos días después, Abdalá terminó su obra y ganó la mano de Zoraida, poniendo fin de este modo a la historia de las torres de San Martín y el Salvador de Teruel, que nos enseña que las prisas no son buenas consejeras”.

 
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