un recorrido por el arte mudéjar aragonés
webmaster: José Antonio Tolosa (Zaragoza -España-)

PALACIO DEL CONDE DE ARANDA (ÉPILA)


Desde finales del siglo XIV hasta 1811 Épila fue “la corte” de una de las principales casas nobiliarias de Aragón, los Ximénez de Urrea, más conocidos por el título condal de Aranda que recibieron en 1488. El palacio que fuera su residencia constituye uno de los conjuntos de arquitectura civil más impresionantes que se conservan en la Comunidad Autónoma, tanto por la calidad artística de la gran variedad de elementos que lo configuran fruto de las reformas y ampliaciones a lo largo de los siglos, como por sus dimensiones que hacen que sea uno de los complejos monumentales más interesantes de la arquitectura civil aragonesa. Es probable que el palacio viniera a sustituir a comienzos del siglo XV al castillo, quizás de origen islámico, que se situaba en lo alto de un alto cerro que domina la población y del que apenas quedan restos en la actualidad.

El acusado desnivel del terreno sobre el que se construyó hace que sus dos fachadas, obra del siglo XVIII, tengan una importante diferencia de altura. Frente a la iglesia parroquial se sitúa la superior donde abre la portada principal, adintelada entre pilastras dóricas con sillería de Calatorao, rematada en frontón partido; en el centro hay un corazón y una mano sujetando el extremo de una cartela en la que se lee “VIDETE QVIA NON SOLI MIHI LABORAVI” (Mirad que no sólo trabajé para mí); sobre ella una corona. Otra cartela inferior dice: “LOGRA BIEN LA INTENCION PIA / QVIEN PARA DIOS OBRA CASAS / PVES SVS PREMIOS SON SIN TASA / EXEMPLO DESTO ES LA MIA”.

A pesar de abrir en ella el acceso al interior del palacio, no es esa su fachada principal sino la posterior que mira a la antigua zona de huerta-jardín, considerada como una de las más impresionantes fachadas protobarrocas de la arquitectura civil aragonesa, tanto por su diseño como por su calidad arquitectónica y gran monumentalidad. La fachada es obra de mampostería entre machones e impostas de ladrillo, todo sobre un zócalo de piedra sillar; tiene tres alturas separadas por cornisas horizontales. En la zona más próxima al Convento de la Concepción hay un cuerpo de tipología renacentista terminado en una galería de arquillos doblados de medio punto. El palacio queda unido a la iglesia del Convento por un pasadizo cerrado sobre un doble arco.

En este palacio murió en 1798 el último Conde de Aranda, don Pedro Pablo Abarca de Bolea y Ximénez de Urrea, ministro ilustrado de Carlos III. A partir de ese momento el título y la propiedad pasa al ducado de Hijar, lo que supuso el desmantelamiento de sus bienes muebles, ya que durante el siglo XIX estuvo sin habitar. Sería a comienzos del siglo XX cuando don Alfonso de Silva Fernández de Hijar, XVI Duque de Hijar y XVIII Conde de Aranda y su esposa María Rosario Gurtubay y González de Castejón, recuperaron parte del esplendor pasado, acondicionando las habitaciones nobles, desalojando los graneros y volviendo a decorar y amueblar el palacio, a la par que se habilitaban habitaciones para los inquilinos. Finalmente, en 1998, coincidiendo con el doscientos aniversario de la muerte del último Conde de Aranda, la Duquesa de Alba, heredera del palacio, lo cedió al Ayuntamiento de la localidad para no tener que afrontar la costosa y obligada restauración que como Bien de Interés Cultural demandaba el edificio, no sin antes desmantelar su interior llevándose mobiliario, las estanterías donde se guardaba la colección de trajes del Rey, e incluso los alicatados de cerámica, de los que al menos dejaron una pequeña muestra para que se supiera cómo eran; para conseguir beneficios fiscales también cedieron el archivo condal.

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La portada de la fachada Este da acceso a un amplio zaguán del que parte un pasillo que conduce directamente al gran Salón Principal, o de Aparato que ocupa gran parte de la planta noble del ala trasera del palacio orientada hacia la antigua zona de huerta-jardín. De planta rectangular, es la estancia más grande de todo el conjunto palaciego con unas dimensiones aproximadas de 22 metros de largo, 8,50 de ancho y 7,35 de altura, dimensiones incluso ligeramente superiores a las del Salón del Trono del Palacio de la Aljafería construido unos cincuenta años después que el de Épila, lo que lo convierte en el salón más grandes de toda la arquitectura palaciega aragonesa. Obra de principios del siglo XV, presenta decoración de estuco duro pintado de negro imitando piedra de Calatorao añadida en el segundo cuarto del siglo XVII concentrada en los arrimaderos, frontones triangulares sobre las ventanas, puerta de acceso y enmarcamiento de puertas, En el centro de uno de los lados cortos se ubica una espectacular chimenea protobarroca rematada en frontón partido terminado en volutas y adornada con las armas de los V Condes de Aranda, Antonio Ximénez de Urrea y Luisa de Padilla y Manrique.

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Sin duda, el elemento más interesante de este Salón es el impresionante y espléndido alfarje que lo cubre, uno de los mayores y de estructura más compleja de la carpintería mudéjar aragonesa, ya que a pesar de tratarse de un alfarje no presenta la estructura propia de estas armaduras, sino una variante más compleja y singular que lo convierte en una obra única en Aragón. Su datación se puede situar hacia mediados o en la segunda mitad del siglo XV, ya que estructuralmente y decorativamente se emparenta íntimamente con los del Salón de los Obispos del Palacio Episcopal de Tarazona y del Salón Dorado del Palacio de los Luna de Illueca.

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La principal singularidad de este alfarje reside en que las jaldetas no se disponen directamente sobre las vigas mayores o jácenas, sino que hay un nivel intermedio de vigas entre ambos que actúan a modo de jácenas secundarias de disposición transversal a las principales. Esto se debe a que el alfarje únicamente tiene cuatro grandes jácenas para sus 22 metros de longitud, lo que hace que los cinco espacios entre ellas sean demasiado grandes; para salvar estos espacios se colocan otras vigas más pequeñas, cinco por tramo, que apoyan sobre las mayores por medio de canes trilobulados, sobre las que van las jaldetas y la tablazón de cierre. Si no fuera por este segundo orden de vigas las jaldetas tendrían que ser de un grosor exagerado y de una excesiva largura, lo que sería casi insostenible, generando un excesivo pandeo en el centro de la techumbre que se curvaría peligrosamente.

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